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Fundo
–tan solo como siempre lo estuve en mi relación con la causa
psicoanalítica- la Escuela Francesa de Psicoanálisis, de cuya
dirección me ocuparé personalmente los próximos cuatro años, nada me
impide en el momento presente responder de ello.
Este título, según
mi intención, representa al organismo en el cual debe llevarse a
cabo un trabajo que en el campo que Freud abrió restaure el filo
cortante de la verdad, que vuelva a conducir la praxis original que
instituyó bajo el nombre de psicoanálisis al deber que le
corresponde en nuestro mundo y que, mediante una crítica asidua,
denuncie en él las desviaciones y los compromisos que amortiguan su
progreso degradando su empleo.
Este objetivo de trabajo es
indisoluble de una formación que hay que dispensar en este
movimiento de reconquista. Es tanto como decir que en ese organismo
son habilitados con pleno derecho aquellos que yo mismo he formado,
y que son convidados a él todos aquellos que pueden contribuir a
poner a prueba lo bien fundado de esa formación.
Los que vendrán a
esta Escuela se comprometerán a desempeñar una tarea sometida a un
control interno y externo.. A cambio de ella reciben la seguridad de
que no se ahorrará nada para que todo lo que hagan de válido tenga
la repercusión que merece, y en el lugar que será conveniente.
Para
la ejecución del trabajo adoptaremos el principio de una elaboración
sostenida en un pequeño grupo. Cada uno de ellos (tenemos un nombre
para designar a esos grupos) se compondrá de tres personas al menos,
de cinco como más, cuatro es la medida justa. Más una encargada de
la selección, de la discusión y de la salida que hay que reservar al
trabajo de cada cual.
Después de un cierto tiempo de funcionamiento,
los elementos de un grupo verán que se les propone que permuten en
otro.
El cargo de dirección no constituirá una parcela de poder cuyo
servicio prestado se capitalizaría para el acceso a un grado
superior, y nadie habrá de sentirse degradado por volver al rango de
un trabajo de base.
Por la razón de que toda empresa personal
llevará a su autor a las condiciones de crítica y de control a las
cuales serán sometidos en la Escuela todos los trabajos que haya que
llevar a adelante.
Esto no implica de ningún modo una jerarquía
cabeza abajo, sino una organización circular cuyo funcionamiento,
fácil de programar, se afianzará con la experiencia.
Constituimos
tres secciones, de cuya marcha me ocuparé con dos colaboradores que
me secundarán en cada una de ellas.
1) Sección de psicoanálisis puro, esto es, praxis y doctrina del
psicoanálisis propiamente dicho, el cual es, y no es otra cosa –lo
estableceremos en su lugar- que el psicoanálisis didáctico.
Los
problemas urgentes que hay que plantear en todas las salidas del
didáctico, hallarán aquí el modo de abrirse camino mediante una
confrontación mantenida entre personas que tengan experiencia del
didáctico y candidatos en formación. Se funda su razón de ser en lo
que no hay por qué velar, a saber la necesidad que resulta de las
exigencias profesionales cada vez que éstas llevan al analizado en
formación a contraer una responsabilidad por poco que sea
analítica.
Es en el interior de ese problema y como un caso
particular donde debe ser situado el de la entrada en supervisión.
Como preludio hemos de definir este caso de acuerdo con unos
criterios que sean distintos de la impresión de todos y del
prejuicio de cada uno.. Pues es sabido que en eso reside actualmente
su única ley, cuando la violación de la regla implicada en la
observancia de sus formas es permanente.
Ya desde el comienzo, y en
todo caso, se atenderá a que el practicante en formación en nuestra
Escuela disponga, dentro de ese marco, de una supervisión
calificada.
Serán propuestos al estudio así instaurado, tanto los
rasgos por los que yo mismo rompo con los estándares afirmados en la
práctica didáctica, como los efectos que se imputan a mi enseñanza
sobre el curso de mis análisis cuando es el caso que mis analizados
asisten a ella a título de alumnos. Si incluirán en ese estudio, si
hacen falta, los únicos callejones sin salida que hay que tener en
cuenta por mi posición en una Escuela como ésta, a saber, aquellos
que engendraría en mi trabajo la inducción misma a la cual apunta mi
enseñanza.
Estos estudios, cuya extrema agudeza es la puesta en
cuestión de la rutina establecida, serán recopilados por el
directorio de la sección, que velará para establecer las vías más
propicias para sostener los efectos de su solicitación.
Tres subsecciones:
- Doctrina del psicoanálisis puro
- Crítica
interna de su praxis como formación
- Supervisión de los
psicoanalistas en formación
Establezco finalmente como principio de doctrina que esta sección,
la primera, así como aquella cuyo destino diré en el punto 3, no se
fijará en su reclutamiento en la calificación médica, pues el
psicoanálisis puro no es en sí mismo una técnica terapéutica.
2) Sección de psicoanálisis aplicado, lo que quiere decir de
terapéutica y de clínica médica.
Serán admitidos en ella los grupos
médicos, tanto si están compuestos de sujetos psicoanalizados como
si no, por poco que estén en disposición de contribuir a la
experiencia psicoanalítica: mediante la crítica de sus indicaciones
en sus resultados y por la puesta a prueba de los términos
categóricos y las estructuras que he introducido en ella como los
que sostienen el hilo que hay que seguir en la praxis freudiana; y
ello en el examen clínico, en las definiciones nosográficas, en la
posición misma de los proyectos terapéuticos.
También aquí tres subsecciones:
- Doctrina de la cura y de sus
variaciones
- Casuística
- Información psiquiátrica y prospección
médica
Un directorio para autenticar cada trabajo como de la Escuela, y con
una composición que excluya todo conformismo preconcebido.
3) Sección de inventario del Campo Freudiano.
Se ocupará antes que
nada de la reseña y de la censura crítica de todo lo que ofrecen en
este campo las publicaciones que dentro del pretenden estar
autorizadas.
Emprenderá la puesta a la luz del día de los principios
de los cuales la praxis analítica debe recibir su estatuto en la
ciencia. Estatuto que, por más particular que haya que reconocerlo
finalmente, no podría ser el de una experiencia inefable.
Traerá por
fin, para la instrucción de nuestra experiencia, aquello que, venido
del estructuralismo instaurado en ciertas ciencias, puede esclarecer
el estructuralismo cuya función he demostrado en la nuestra; además
de ponerlos a ambos en comunicación y , en sentido inverso, llevar a
esas ciencias aquello que por nuestra subjetivación pueden recibir
como inspiración complementaria.
En el límite, es requerida una
praxis de la teoría, sin la cual el orden de afinidades que dibujan
las ciencias que llamamos conjeturales, permanecerá a la merced de
esta deriva política que se realza con la ilusión de un
condicionamiento universal.
Por lo tanto tres subsecciones más:
- Comentario continuo del
movimiento psicoanalítico
- Articulación con las ciencias afines
-
Ética del psicoanálisis, que es la praxis de su teoríaLos fondos
financieros constituidos principalmente por la contribución de los
miembros de la Escuela, por las subvenciones que obtendrá llegado el
caso, o también por los servicios que prestará como Escuela, serán
enteramente reservados a su esfuerzo de publicación.
En primera
fila, un anuario reunirá los títulos y el resumen de los trabajos,
aparezcan donde aparezcan, de la Escuela, anuario donde figurarán
por su simple demanda todos aquellos que habrán estado en ejercicio
en ella.
La adhesión a la Escuela se hará presentándose en un grupo
de trabajo constituido tal como hemos dicho.
La admisión, al
comienzo, será decidida por mí mismo, sin que tenga en cuenta las
posiciones tomadas por nadie en el pasado respecto a mi persona,
seguro como estoy de que aquellos que me abandonaron, no soy yo
quien les tiene ojeriza, son ellos los que me la tendrán, por
siempre más y sin poderse librar de ella.
Por lo demás, mi respuesta
solo se referirá a lo que podré presumir o constatar de manera
fehaciente sobre el valor del grupo y sobre el lugar que entenderá
ocupar para empezar.
La organización de la Escuela sobre el
principio de rotación que he indicado, será fijada por lo que
elabore una comisión aprobada por una primera Asamblea plenaria que
tendrá lugar dentro de un año. Esta comisión la elaborará a partir
de la experiencia recorrida al vencer el segundo año, cuando a una
segunda Asamblea le corresponderá aprobarla.
No es necesario que las
adhesiones cubran el conjunto de este plan para que funcione. No
necesito una lista numerosa, sino trabajadores decididos, como ya de
antemano sé que los hay.

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Preámbulo
Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la
Delegada General presentó una "Declaración de principios" ante la
Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar
los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y
señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la
Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.
Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la
palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante,
reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El
analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este
síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está
hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas
imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los
decires del analizante y le permite componer el tejido de su
inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que
este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el
poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto
del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin
embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el
inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el
otro no.
Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde
pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el
sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de
los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el
psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un
cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada
uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo
en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él.
No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad
del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento,
la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por
lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles
que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o
ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es
aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la
pregunta sobre el deseo.
Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone
en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a
lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas
que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único
que está en juego en los intercambios entre analizante y analista.
Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar
junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto
es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda
la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de
Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje
invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar
sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el
analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido
de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y
deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El
psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la
naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene
de actuar en nombre de ese fantasma.
Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un
lugar, el "lugar del Otro", como dice Lacan, que no está regulado
por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el
inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y,
por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es
también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden
desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por
ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada
desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero
queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros
autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo
previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero
evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad
sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante,
el analista y el inconsciente.
Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo
general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora
del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o
para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los
algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su
poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a
una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho
de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede
presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo
que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares:
El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del
Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya
no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los
procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico,
la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de
la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la
singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una
técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su
singularidad, su excepción.
Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de
las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud
tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión,
como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro
meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las
ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos.
Después, la distancia y la diversificación no han cesado de
aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la
consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a
la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de
casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido
aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la
duración de la cura se define "a medida". Una cura se prolonga hasta
que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la
experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se
persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto
consigo mismo.
Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su
objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del
sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la
realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar,
el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción
sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración.
Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la
imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los
sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le
queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su
síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede
estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes.
Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta
clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación
entre los sexos no tiene una solución que pueda ser "para todos". En
ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se
mostrará defectuosa. El sexo, en el ser hablante, remite al "no
todo".
Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede
reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la
evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica,
desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode:
seminarios de formación teórica (para-universitarios), la
prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta
el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión
pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre
pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era
posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo
del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples
generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han
mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era
una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de
esta identidad. La definición es la variación misma. La definición
del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del
psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos
contextos de discurso.
La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios.
Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que
conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia
clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los
pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura.
Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son
heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las
discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma
parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que
permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en
procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las
instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que
depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro
no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario,
reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma
haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella
y, por lo tanto, afirma haber franqueado un "pase", como lo nombró
Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La
interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese
atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más
profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del
psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista.
El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a
la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de
la causa analítica.
Traducción: Carmen Cuñat

HACIA PIPOL 4
Jacques-Alain Miller
Casi
finalizando PIPOL 3, la mirada se vuelve ya hacia PIPOL 4. *
PIPOL 3 ha dejado constancia de una epidemia que ha ganado y gana
todos los días en el Campo freudiano, haciendo vibrar a toda su
comunidad europea.
Entusiasmo inopinado
Hace cuatro años se abría en París, financiada por la Escuela de la
Causa freudiana, el Centro Psicoanalítico de Consultas y Tratamiento
de la calle Chabrol, el CPCT. Si hoy día existen una decena de CPCT
en Francia, varios en España, dos en Italia, uno en Bruxelas, muchos
en formación, si medio centenar de instituciones se han adherido a
RIPA, nuestra Red de Instituciones de Psicoanálisis Aplicado, si
todo ese pequeño mundo está en plena actividad, en pleno
crecimiento, no es debido a una directriz, a una exhortación. A
decir verdad, hace cuatro años, el CPCT de París parecía prometido a
ser una iniciativa experimental que permanecería ciertamente
solitaria, hasta que sus lecciones fuesen sabiamente extraídas por
comités científicos.
Un entusiasmo inopinado ha barrido todo eso. Las masas del Campo
freudiano se han apoderado de la idea y la han transformado en
fuerza material, han salvado todos los obstáculos, actualizando
yacimientos insospechados de buena voluntad, de disponibilidad, de
tiempo liberado, revelando vocaciones, como si cada uno se hubiera
dicho: ¡por fin estamos ahí! Como si por fin volviéramos al
porvenir. Como si, a través nuestro, el psicoanálisis estableciera
una nueva alianza con el tiempo presente.
Nuevo paradigma
Nos vemos arrastrados por ese gran movimiento que, al mismo tiempo,
nos hace falta elucidar aunque sólo sea para saber cuál es el
siguiente paso a dar en el camino de PIPOL.
Para justificar ante nuestros propios ojos la novación que
introducía el CPCT, para poner nuestros papeles psicoanalíticos en
orden, hemos tenido que recurrir a una antigua distinción:
psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado. ¡Muy bien! Es lo
clásico.
Es absolutamente exacto que dejamos intacto el psicoanálisis puro,
las mismas exigencias siguen imponiéndose en la formación de los
analistas, el pase continúa siendo el nombre con el que pensamos el
término verdadero de un análisis y con el que practicamos su
verificación.
La novación de la que se trata se ha producido a nivel del
psicoanálisis aplicado a la terapéutica. Para nosotros era más
tranquilizador pensar así. Hemos introducido allí un cambio de
paradigma, hemos tocado la duración y el pago, parámetros constantes
hasta ahora: la duración limitada y programada, el pago suprimido.
¡Atención! suprimido para el paciente pero también, al menos hasta
ahora, para el practicante.
Por supuesto que la terapia breve ya había sido practicada y
teorizada en psicoanálisis --pensemos por ejemplo en uno de nuestros
antepasados, Franz Alexander—y también el tratamiento gratuito
--recordemos el dispensario de Berlín en los tiempos de Wilhelm
Reich-- pero, al menos por lo que conozco, esto no ha sido nunca
practicado a esta escala, ni con la elaboración clínica ad hoc que,
entre nosotros, le acompaña desde ahora.
Lugar Alfa
Esto hubiera sido imposible si nuestra referencia se hubiera
mantenido en el fosilizado concepto del encuadre, que se confunde
con la consulta del practicante que ejerce como profesión liberal.
Los efectos psicoanalíticos no dependen del encuadre sino del
discurso, es decir de la instalación de coordenadas simbólicas por
parte de alguien que es analista, y cuya cualidad de analista no
depende del emplazamiento de la consulta, ni de la naturaleza de la
clientela, sino más bien de la experiencia en la que él se ha
comprometido.
Son los conceptos lacanianos del acto analítico, del discurso
analítico y de la conclusión del análisis como pase a analista, los
que nos han permitido concebir al psicoanalista como objeto nómada y
al psicoanálisis como una instalación móvil, susceptible de
desplazarse a nuevos contextos, particularmente a instituciones. Los
relatos de los casos muestran, demuestran y ponen en evidencia, que
efectos psicoanalíticos propiamente dichos se producen en el marco
institucional, por poco que ese contexto autorice la instalación de
un lugar analítico. Hay un lugar analítico posible en la
institución, digamos que un Lugar Alfa.
Un Lugar Alfa no es un lugar de escucha. Hoy día, un lugar de
escucha es un sitio en el que un sujeto es invitado a desahogarse
sin medida. Se dice que la puesta en palabras alivia. Un Lugar Alfa
es un lugar de respuesta, un lugar en el que el parloteo toma forma
de pregunta y la pregunta misma gira hacia la respuesta. No hay
Lugar Alfa sino a condición de que, por la operación del analista,
el parloteo se revele como conteniendo un tesoro, el tesoro de un
sentido otro que valga como respuesta, es decir como saber llamado
inconsciente. Esa mutación del parloteo se sostiene de lo que
llamamos la transferencia, que permite al acontecimiento
interpretativo tener lugar, acontecimiento interpretativo que supone
un antes y un después, como decimos clásicamente.
Para que haya Lugar Alfa es necesario y suficiente que se instale el
lazo por el que “el emisor recibe del receptor su propio mensaje
bajo una forma invertida” (1), encontrándose el sujeto desde
entonces conectado con el saber supuesto del que ignoraba él mismo
ser la sede.
Conexión, reconexión
La emergencia de un instante de saber tal pide ser severamente
controlado porque es una chispa que puede meter fuego a toda la
pradera, quiero decir que puede iluminar en un sujeto el incendio de
un delirio interpretativo generalizado. Se impone una selección
drástica de los operadores en el Lugar Alfa, a fin de asegurar que
son capaces de una distribución ponderada de los efectos
psicoanalíticos, dosificados según las capacidades de un sujeto para
soportarlas. Igualmente, los operadores en el Lugar Alfa no pueden
dispensarse de practicar el arte del diagnóstico rápido.
Regularmente, en los CPCT, esa tarea es confiada a los practicantes
confirmados y aguerridos que tienen que formular una prescripción
detallada.
Se percibe por eso mismo lo que ha podido cautivar tanto en la
práctica de los efectos terapéuticos rápidos: el alto grado de
maestría clínica que requiere, la movilización inmediata del saber
acumulado previamente tanto en el estudio de los textos como en la
experiencia efectiva, la evaluación instantánea y la asunción
razonada del riesgo clínico. Se ha podido así constatar que una
conexión, incluso fugaz, con el saber supuesto que, por hipótesis
llamamos inconsciente, se traduce por una conexión con lo que se
llama tradicionalmente el discurso del Otro.
Tomo mis distancias, nuestras distancias, con esta formulación. “El
gran Otro”, esa manera de llamarlo, es una aproximación porque no se
trata de una instancia unificada, ni de un monolito. Por eso no veo
objeción en hablar de una reconexión con la realidad social.
Operación verdad
¿Qué es lo social? –que hemos hecho figurar en el título de PIPOL 3.
Es, de entrada, un término que vale para todo, eminentemente cómodo
y que hace interfaz entre el lenguaje de las autoridades políticas y
administrativas y el nuestro, al precio seguro de un equívoco. El
secreto, el nuestro, es que no distinguimos entre la realidad
psíquica y la realidad social. La realidad psíquica es la realidad
social.
En la muy última enseñanza de Lacan se encuentra esta provocativa
proposición: “La neurosis depende de las relaciones sociales”. (2)
Para suprimir el aspecto de paradoja en lo que acabo de avanzar, es
suficiente con recordar que en el fundamento de la realidad social
está el lenguaje. Entendamos por ello la estructura que emerge de la
lengua que se habla bajo el efecto de la rutina del lazo social. Es
la rutina social la que hace que el significado pueda atesorar
sentido, ese sentido que está dado por el sentimiento de cada uno de
“formar parte de su mundo, es decir, de su pequeña familia y de todo
lo que gira alrededor” (3).
Los psicoanalistas que ejercen en los Lugares Alfa están a buen
seguro en contacto directo con lo social, encarnan como tales lo
social y restituyen el lazo social para los sujetos que acogen. Es
lo que justifica el título de PIPOL 3. Por el contrario, los sujetos
que acogen no están precisamente en contacto directo con lo social,
sino más bien en situación de “exclusión”. ¿No sería conveniente
ahora tematizar la situación de exclusión social?
Para los psicoanalistas que ejercen en los Lugares Alfa, en los CPCT,
en las instituciones RIPA, es comprensible el entusiasmo que puede
visitarles al ver limpias las mediaciones que velan ordinariamente
la posición del analista y que velan al propio analista que él está
en contacto directo con lo social. Un analista no puede funcionar
más que si está en contacto directo con lo social, aunque en su
consultorio pueda desconocerlo y alimentar las dulces ensoñaciones –Schwarmerei—de
su extraterritorialidad.
Se cita a menudo esa palabra de la boca de Lacan como si él la
hubiera elogiado cuando, por supuesto, se trata de una ironía.
Cuando el Lugar Alfa emigra del consultorio hacia la institución, la
verdad que se desnuda es la de la sociabilidad estructural de la
posición y del acto analítico. Llegaré incluso hasta decir que el
éxito de los CPCT y por extensión el de las instituciones del RIPA,
es el éxito de esta “operación verdad”. Justamente ahí se fundamenta
lo que he escuchado en estos días con el “Por fin estamos ahí”.
Una base psicoanalítica del síntoma
Cuando se habla de psicoanálisis puro y de psicoanálisis aplicado,
se entiende que los resultados del primero son invertidos en el
segundo. Es exacto, y de entrada es el caso del propio practicante,
en tanto es el resultado de su propio análisis, un análisis que no
es ni breve, ni programado, ni gratuito. Pero no descuidemos que hay
un efecto de retorno. El psicoanálisis aplicado, el que practicamos,
tiene una incidencia, que irá creciendo, sobre el psicoanálisis
puro.
Se nota ya en la clínica de la psicosis ordinaria, sin
desencadenamiento, en la que los efectos de la forclusión, delirios
y alucinaciones, no son espectaculares y se traducen por signos más
discretos, fenómenos elementales a veces ínfimos, desconexiones
sucesivas con la familia y el entorno, con las relaciones sociales,
con el mundo.
El psicoanálisis aplicado también tendrá consecuencias sobre la
teoría de la cura. La programación de los tratamientos breves hace
que el practicante esté más atento a la experiencia de cada sesión
tomada de una en una, mientras que el Durcharbeitung de la
experiencia pura -- la transelaboración, como se le suele
traducir--, el tiempo para comprender prolongado que impone el
análisis puro tiene como efecto natural desgastar ese detalle o bien
hacerlo imperceptible para el practicante. Lo que merece ser llamado
a veces como micro-curas, llevadas a cabo en los Lugares Alfa,
tendrá como efecto aguzar la vigilancia de los analistas en la
dirección de la cura analítica propiamente dicha.
En tercer lugar, les recuerdo que un cierto número de nuestros
Lugares Alfa institucionales están ahora subvencionados por
administraciones y lo serán más en el futuro. Por eso se les impone
la natural exigencia de rendir cuentas a los poderes públicos. Estos
quieren cifras y números, lo cuantitativo. Quieren hacer pasar los
resultados a la estadística, a las máquinas de clasificación, a los
ordenadores. Ya nos están ofreciendo los servicios de sus
ingenieros.
Se puede mantener que operamos con el saber supuesto y que el saber
expuesto desnaturaliza nuestra operación. Se puede decir,
suspirando, que es fastidioso rellenar las fichas que nos piden.
Propongo tomar las cosas de otro modo: como la ocasión de hacer
pasar nuestra clínica, sus diagnósticos y sus descubrimientos al
circuito de la comunicación común, lo que para comenzar quiere decir
hacerla pasar al registro de la transmisión integral, a lo que Lacan
ha llamado el matema.
El matema no es sólo el uso de S/, de a, de S1, de S2 y de lo que
sigue después. La exigencia de los poderes públicos debe ser nuestra
ocasión de formalizar nuestra clínica y, por qué no, de rivalizar
con el DMS. ¿Por qué no crear la BPS? ¿Quién puede dudar de que la
constitución de una "base psicoanalítica del síntoma" susceptible de
cuantificación tendría los más felices efectos sobre la cualidad de
la transmisión clínica, incluso sobre la más matizada? ¿Soy el único
que desea un armazón matemático más consistente que aquel del que
disponemos? No lo creo.
Desinserción
Se impone lógicamente el paso siguiente que hay que dar en la serie
de los encuentros PIPOL. Conviene pasar al estudio temático,
diferencial, gradual, de las situaciones subjetivas de exclusión
social. La marginación social tiene un nombre común en el lenguaje
administrativo contemporáneo: la desinserción. Ese término ha sigo
elegido como título del proyecto de investigación RIPA a nivel
europeo (4). Contemplo PIPOL 4 como una escansión en esa
investigación. De ahí el título que propongo: "Clínica y pragmática
de la desinserción en psicoanálisis".
Digo clínica porque es evidente que tenemos cosas que decir y que
ordenar en lo que concierne a los fundamentos psicoanalíticos de la
desinserción, y también porque así podremos invertir nuestros
resultados en lo que concierne a la psicosis ordinaria, y en
particular lo que gira en torno a lo que Hugo Freda ha podido llamar
"precariedad simbólica". No hay duda de que podremos aportar algo
nuevo --sobre el fracaso escolar, por ejemplo, porque el
significante-amo nos abre perspectivas, que pueden ser comunicadas,
sobre la autoridad y sobre S2, el saber. Digo pragmática, mejor que
tratamiento o cura, porque ahí estamos en el orden del
saber-hacer-con, del "arreglárselas con".
El gran movimiento que nos arrastra hace ver que el psicoanálisis se
ha mostrado y se muestra todavía en retraso con respecto a sí mismo.
El mismo cuya práctica implica la sacudida de todos los semblantes,
el mismo que pone en marcha un potente principio, casi socrático, de
ironía, es el mismo que se queda a menudo atado a creencias
obsoletas, refugiado en una extraterritorialidad imaginaria. Es el
mismo que ya no se reconoce en un universo contemporáneo que ha
contribuido, más que otros, a hacer emerger y, entre los menos
simpáticos o los más ignorantes, es el mismo que llora por el
Nombre-del-Padre mientras sueña con restablecer su reino. Es la
nostalgia por el momento freudiano del psicoanálisis, el momento de
la queja por el derecho a gozar, cuando aún reinaba un orden social
autoritario, jerárquico, reglamentario, incluso disciplinario y en
el que el psicoanálisis estaba en una situación alveolar.
Era la época en la que la inserción social se hacía primordialmente
por identificación simbólica. Un psicoanálisis podía entonces
preconizar la liberación del deseo, la salud por la pulsión. Ahora
estamos en la época en la que el Otro ya no existe. En el “cenit
social” está el objeto a, que lo ha reemplazado. La inserción se
hace menos por identificación que por consumición. El sueño ya no es
la liberación sino la satisfacción. Y la realidad social se revela
dominada por la falta-en-el-gozar. De donde la moda de las
adicciones, que no es simplemente una moda de las prácticas: todo
deviene adicción en el comportamiento social, todo adquiere un
estilo adictivo.
Hay que reconocer en las adicciones, y también en el consumo
frenético de los plus-de-goce que la tecnología multiplica y coloca
en el mercado a un ritmo cada vez más rápido, un desesperado
esfuerzo por suplir un defecto de satisfacción que es de estructura.
Momento pragmático
Esta es la clave del choque de las civilizaciones. Lo que así se
llama es, esencialmente, la oposición, la incompatibilidad de la
civilización religiosa y de la civilización mercantil, de la
civilización dominada por el ideal del yo y de la que domina, para
hablar con propiedad, un superyo cuyo imperativo se formula como se
goza, de la civilización del respeto y de la nuestra, la de la
glotonería. La civilización mercantil estigmatiza como fanática la
del ideal del yo y a ella misma se la estigmatiza como perversión,
corrupción, derroche, el orgullo del goce (5). Entre los dos está
ese mito enigmático, la China de hoy día, en la que se observa a la
vez un control autoritario del ideal y una extraordinaria
desinhibición del consumo.
¿Por qué psicoanalistas en estos tiempos de malestar? Para compartir
el malestar no es. El buen humor que ha reinado durante estas
Jornadas atestigua que no es nuestro estilo. No ser incautos acerca
de la satisfacción ilusoria de los plus-de-goce, no supone sin
embargo acampar en el rechazo del alma bella y anatemizar la
realidad social contemporánea. La misión que tenemos en este mundo
es la de reconocer y elucidar la diversidad humana, la diversidad de
los modos-de-goce de la especie. Eso supone restablecer el espíritu
del psicoanálisis en sus comienzos, cuando los psicoanalistas aún
sabían sacrificar al psicoanálisis los semblantes de la
respetabilidad. El psicoanálisis sabía entonces que, para ser
completamente riguroso, le hacía falta ser un poco extravagante.
He hablado del momento freudiano que está detrás de nosotros. El
momento lacaniano no lo está menos ya que fue a la vez, en una
barroca conjugación, existencialista y estructuralista, es decir,
cientificista. El propio Lacan dejó ese momento detrás suyo y esbozó
para nosotros la configuración del momento contemporáneo, que es
pragmático. Sí, somos pragmáticos, como todo el mundo hoy, aunque un
poco aparte sin embargo --pragmáticos paradojales que no tienen el
culto del eso marcha. El eso marcha no marcha nunca. Nuestro buen
humor viene sin duda de que nosotros sabemos que eso fracasa y de
que creemos fracasar de la buena manera. Estemos persuadidos de que
se tiene necesidad de nosotros.
Traducción: Jesús Ambel
NOTAS
(*) Transcripción de Catherine Bonningue de la intervención de J-A
Miller en las Jornadas PIPOL 3, celebradas en París, los días 31 de
junio y 1 de julio de 2007, sobre el tema “Psicoanalistas en
contacto directo con lo social”. Releída por Jacques-Alain Miller.
(1) Lacan J., “Función y campo de la palabra y del lenguaje en
psicoanálisis” (1953), en Escritos I, Madrid, Siglo XXI, 1990, p.
287
(2) Lacan, J., “El Seminario, Hacia un significante nuevo, lección
del 17 de mayo de 1977”, en Colofón, nº 25, revista del la
Federación Internacional de Bibliotecas del Campo freudiano,
“Psicoanálisis y poesía”, Granada, enero de 2005, p. 39
(3) Lacan J., El Seminario. Libro XX, Aún (1972-1973), Buenos Aires,
1989, p. 55
(4) Ese tema ha sido elegido en el transcurso de la reunión de RIPA
celebrada el 30 de junio, y debe ser llevado a cabo por un nuevo
comité animado por Hugo Freda, así como las investigaciones sobre el
ordenador clínico de nuestras instituciones que serán reunidas por
una comisión dirigida por Jean-Daniel Matet
(5) Alusión al “Orgullo Gay” que se desarrolló el día anterior, 30
de junio 2007.

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