ACTO DE FUNDACIÓN

21 DE JUNIO DE 1964

JACQUES LACAN


PRINCIPIOS

RECTORES DEL ACTO ANALÍTICO

ÉRIC LAURENT


HACIA PIPOL 4

JACQUES-ALAIN MILLER


 

 

 

ACTO DE FUNDACIÓN

21 de Junio de 1964
Jacques Lacan

 

Fundo –tan solo como siempre lo estuve en mi relación con la causa psicoanalítica- la Escuela Francesa de Psicoanálisis, de cuya dirección me ocuparé personalmente los próximos cuatro años, nada me impide en el momento presente responder de ello.
Este título, según mi intención, representa al organismo en el cual debe llevarse a cabo un trabajo que en el campo que Freud abrió restaure el filo cortante de la verdad, que vuelva a conducir la praxis original que instituyó bajo el nombre de psicoanálisis al deber que le corresponde en nuestro mundo y que, mediante una crítica asidua, denuncie en él las desviaciones y los compromisos que amortiguan su progreso degradando su empleo.
Este objetivo de trabajo es indisoluble de una formación que hay que dispensar en este movimiento de reconquista. Es tanto como decir que en ese organismo son habilitados con pleno derecho aquellos que yo mismo he formado, y que son convidados a él todos aquellos que pueden contribuir a poner a prueba lo bien fundado de esa formación.
Los que vendrán a esta Escuela se comprometerán a desempeñar una tarea sometida a un control interno y externo.. A cambio de ella reciben la seguridad de que no se ahorrará nada para que todo lo que hagan de válido tenga la repercusión que merece, y en el lugar que será conveniente.
Para la ejecución del trabajo adoptaremos el principio de una elaboración sostenida en un pequeño grupo. Cada uno de ellos (tenemos un nombre para designar a esos grupos) se compondrá de tres personas al menos, de cinco como más, cuatro es la medida justa. Más una encargada de la selección, de la discusión y de la salida que hay que reservar al trabajo de cada cual.
Después de un cierto tiempo de funcionamiento, los elementos de un grupo verán que se les propone que permuten en otro.
El cargo de dirección no constituirá una parcela de poder cuyo servicio prestado se capitalizaría para el acceso a un grado superior, y nadie habrá de sentirse degradado por volver al rango de un trabajo de base.
Por la razón de que toda empresa personal llevará a su autor a las condiciones de crítica y de control a las cuales serán sometidos en la Escuela todos los trabajos que haya que llevar a adelante.
Esto no implica de ningún modo una jerarquía cabeza abajo, sino una organización circular cuyo funcionamiento, fácil de programar, se afianzará con la experiencia.
Constituimos tres secciones, de cuya marcha me ocuparé con dos colaboradores que me secundarán en cada una de ellas.
1) Sección de psicoanálisis puro, esto es, praxis y doctrina del psicoanálisis propiamente dicho, el cual es, y no es otra cosa –lo estableceremos en su lugar- que el psicoanálisis didáctico.
Los problemas urgentes que hay que plantear en todas las salidas del didáctico, hallarán aquí el modo de abrirse camino mediante una confrontación mantenida entre personas que tengan experiencia del didáctico y candidatos en formación. Se funda su razón de ser en lo que no hay por qué velar, a saber la necesidad que resulta de las exigencias profesionales cada vez que éstas llevan al analizado en formación a contraer una responsabilidad por poco que sea analítica.
Es en el interior de ese problema y como un caso particular donde debe ser situado el de la entrada en supervisión. Como preludio hemos de definir este caso de acuerdo con unos criterios que sean distintos de la impresión de todos y del prejuicio de cada uno.. Pues es sabido que en eso reside actualmente su única ley, cuando la violación de la regla implicada en la observancia de sus formas es permanente.
Ya desde el comienzo, y en todo caso, se atenderá a que el practicante en formación en nuestra Escuela disponga, dentro de ese marco, de una supervisión calificada.
Serán propuestos al estudio así instaurado, tanto los rasgos por los que yo mismo rompo con los estándares afirmados en la práctica didáctica, como los efectos que se imputan a mi enseñanza sobre el curso de mis análisis cuando es el caso que mis analizados asisten a ella a título de alumnos. Si incluirán en ese estudio, si hacen falta, los únicos callejones sin salida que hay que tener en cuenta por mi posición en una Escuela como ésta, a saber, aquellos que engendraría en mi trabajo la inducción misma a la cual apunta mi enseñanza.
Estos estudios, cuya extrema agudeza es la puesta en cuestión de la rutina establecida, serán recopilados por el directorio de la sección, que velará para establecer las vías más propicias para sostener los efectos de su solicitación.
Tres subsecciones:
- Doctrina del psicoanálisis puro
- Crítica interna de su praxis como formación
- Supervisión de los psicoanalistas en formación
Establezco finalmente como principio de doctrina que esta sección, la primera, así como aquella cuyo destino diré en el punto 3, no se fijará en su reclutamiento en la calificación médica, pues el psicoanálisis puro no es en sí mismo una técnica terapéutica.
2) Sección de psicoanálisis aplicado, lo que quiere decir de terapéutica y de clínica médica.
Serán admitidos en ella los grupos médicos, tanto si están compuestos de sujetos psicoanalizados como si no, por poco que estén en disposición de contribuir a la experiencia psicoanalítica: mediante la crítica de sus indicaciones en sus resultados y por la puesta a prueba de los términos categóricos y las estructuras que he introducido en ella como los que sostienen el hilo que hay que seguir en la praxis freudiana; y ello en el examen clínico, en las definiciones nosográficas, en la posición misma de los proyectos terapéuticos.
También aquí tres subsecciones:
- Doctrina de la cura y de sus variaciones
- Casuística
- Información psiquiátrica y prospección médica
Un directorio para autenticar cada trabajo como de la Escuela, y con una composición que excluya todo conformismo preconcebido.
3) Sección de inventario del Campo Freudiano.
Se ocupará antes que nada de la reseña y de la censura crítica de todo lo que ofrecen en este campo las publicaciones que dentro del pretenden estar autorizadas.
Emprenderá la puesta a la luz del día de los principios de los cuales la praxis analítica debe recibir su estatuto en la ciencia. Estatuto que, por más particular que haya que reconocerlo finalmente, no podría ser el de una experiencia inefable.
Traerá por fin, para la instrucción de nuestra experiencia, aquello que, venido del estructuralismo instaurado en ciertas ciencias, puede esclarecer el estructuralismo cuya función he demostrado en la nuestra; además de ponerlos a ambos en comunicación y , en sentido inverso, llevar a esas ciencias aquello que por nuestra subjetivación pueden recibir como inspiración complementaria.
En el límite, es requerida una praxis de la teoría, sin la cual el orden de afinidades que dibujan las ciencias que llamamos conjeturales, permanecerá a la merced de esta deriva política que se realza con la ilusión de un condicionamiento universal.
Por lo tanto tres subsecciones más:
- Comentario continuo del movimiento psicoanalítico
- Articulación con las ciencias afines
- Ética del psicoanálisis, que es la praxis de su teoríaLos fondos financieros constituidos principalmente por la contribución de los miembros de la Escuela, por las subvenciones que obtendrá llegado el caso, o también por los servicios que prestará como Escuela, serán enteramente reservados a su esfuerzo de publicación.
En primera fila, un anuario reunirá los títulos y el resumen de los trabajos, aparezcan donde aparezcan, de la Escuela, anuario donde figurarán por su simple demanda todos aquellos que habrán estado en ejercicio en ella.
La adhesión a la Escuela se hará presentándose en un grupo de trabajo constituido tal como hemos dicho.
La admisión, al comienzo, será decidida por mí mismo, sin que tenga en cuenta las posiciones tomadas por nadie en el pasado respecto a mi persona, seguro como estoy de que aquellos que me abandonaron, no soy yo quien les tiene ojeriza, son ellos los que me la tendrán, por siempre más y sin poderse librar de ella.
Por lo demás, mi respuesta solo se referirá a lo que podré presumir o constatar de manera fehaciente sobre el valor del grupo y sobre el lugar que entenderá ocupar para empezar.
La organización de la Escuela sobre el principio de rotación que he indicado, será fijada por lo que elabore una comisión aprobada por una primera Asamblea plenaria que tendrá lugar dentro de un año. Esta comisión la elaborará a partir de la experiencia recorrida al vencer el segundo año, cuando a una segunda Asamblea le corresponderá aprobarla.
No es necesario que las adhesiones cubran el conjunto de este plan para que funcione. No necesito una lista numerosa, sino trabajadores decididos, como ya de antemano sé que los hay.


 

 

 

PRINCIPIOS RECTORES DEL ACTO ANALÍTICO

Éric Laurent

 

 

Preámbulo
Durante el Congreso de la AMP en Comandatuba, en el 2004, la Delegada General presentó una "Declaración de principios" ante la Asamblea General. Luego los Consejos de las Escuelas hicieron llegar los resultados de sus lecturas, de sus observaciones y señalamientos. Después de ese trabajo, presentamos ahora, ante la Asamblea, estos Principios que les pedimos adopten.

Primer principio: El psicoanálisis es una práctica de la palabra. Los dos participantes son el analista y el analizante, reunidos en presencia en la misma sesión psicoanalítica. El analizante habla de lo que le trae, su sufrimiento, su síntoma. Este síntoma está articulado a la materialidad del inconsciente; está hecho de cosas dichas al sujeto que le hicieron mal y de cosas imposibles de decir que le hacen sufrir. El analista puntúa los decires del analizante y le permite componer el tejido de su inconsciente. Los poderes del lenguaje y los efectos de verdad que este permite, lo que se llama la interpretación, constituyen el poder mismo del inconsciente. La interpretación se manifiesta tanto del lado del psicoanalizante como del lado del psicoanalista. Sin embargo, el uno y el otro no tienen la misma relación con el inconsciente pues uno ya hizo la experiencia hasta su término y el otro no.

Segundo principio: La sesión psicoanalítica es un lugar donde pueden aflojarse las identificaciones más estables, a las cuales el sujeto está fijado. El psicoanalista autoriza a tomar distancia de los hábitos, de las normas, de las reglas a las que el psicoanalizante se somete fuera de la sesión. Autoriza también un cuestionamiento radical de los fundamentos de la identidad de cada uno. Puede atemperar la radicalidad de este cuestionamiento teniendo en cuenta la particularidad clínica del sujeto que se dirige a él. No tiene en cuenta nada más. Esto es lo que define la particularidad del lugar del psicoanalista, aquel que sostiene el cuestionamiento, la abertura, el enigma, en el sujeto que viene a su encuentro. Por lo tanto, el psicoanalista no se identifica con ninguno de los roles que quiere hacerle jugar su interlocutor, ni a ningún magisterio o ideal presente en la civilización. En ese sentido, el analista es aquel que no es asignable a ningún lugar que no sea el de la pregunta sobre el deseo.

Tercer principio: El analizante se dirige al analista. Pone en el analista sentimientos, creencias, expectativas en respuesta a lo que él dice, y desea actuar sobre las creencias y expectativas que él mismo anticipa. El desciframiento del sentido no es lo único que está en juego en los intercambios entre analizante y analista. Está también el objetivo de aquel que habla. Se trata de recuperar junto a ese interlocutor algo perdido. Esta recuperación del objeto es la llave del mito freudiano de la pulsión. Es ella la que funda la transferencia que anuda a los dos participantes. La formula de Lacan según la cual el sujeto recibe del Otro su propio mensaje invertido incluye tanto el desciframiento como la voluntad de actuar sobre aquel a quien uno se dirige. En última instancia, cuando el analizante habla, quiere encontrar en el Otro, más allá del sentido de lo que dice, a la pareja de sus expectativas, de sus creencias y deseos. Su objetivo es encontrar a la pareja de su fantasma. El psicoanalista, aclarado por la experiencia analítica sobre la naturaleza de su propio fantasma, lo tiene en cuenta y se abstiene de actuar en nombre de ese fantasma.

Cuarto principio: El lazo de la transferencia supone un lugar, el "lugar del Otro", como dice Lacan, que no está regulado por ningún otro particular. Este lugar es aquel donde el inconsciente puede manifestarse en el decir con la mayor libertad y, por lo tanto, donde aparecen los engaños y las dificultades. Es también el lugar donde las figuras de la pareja del fantasma pueden desplegarse por medio de los más complejos juegos de espejos. Por ello, la sesión analítica no soporta ni un tercero ni su mirada desde el exterior del proceso mismo que está en juego. El tercero queda reducido a ese lugar del Otro.
Este principio excluye, por lo tanto, la intervención de terceros autoritarios que quieran asignar un lugar a cada uno y un objetivo previamente establecido del tratamiento psicoanalítico. El tercero evaluador se inscribe en esta serie de los terceros, cuya autoridad sólo se afirma por fuera de lo que está en juego entre el analizante, el analista y el inconsciente.

Quinto principio: No existe una cura estándar ni un protocolo general que regiría la cura psicoanalítica. Freud tomó la metáfora del ajedrez para indicar que sólo había reglas o para el inicio o para el final de la partida. Ciertamente, después de Freud, los algoritmos que permiten formalizar el ajedrez han acrecentado su poder. Ligados al poder del cálculo del ordenador, ahora permiten a una máquina ganar a un jugador humano. Pero esto no cambia el hecho de que el psicoanálisis, al contrario que el ajedrez, no puede presentarse bajo la forma algorítmica. Esto lo vemos en Freud mismo que transmitió el psicoanálisis con la ayuda de casos particulares: El Hombre de las ratas, Dora, el pequeño Hans, etc. A partir del Hombre de los lobos, el relato de la cura entró en crisis. Freud ya no podía sostener en la unidad de un relato la complejidad de los procesos en juego. Lejos de poder reducirse a un protocolo técnico, la experiencia del psicoanálisis sólo tiene una regularidad, la de la originalidad del escenario en el cual se manifiesta la singularidad subjetiva. Por lo tanto, el psicoanálisis no es una técnica, sino un discurso que anima a cada uno a producir su singularidad, su excepción.

Sexto principio: La duración de la cura y el desarrollo de las sesiones no pueden ser estandarizadas. Las curas de Freud tuvieron duraciones muy variables. Hubo curas de sólo una sesión, como el psicoanálisis de Gustav Mahler. También hubo curas de cuatro meses como la del pequeño Hans o de un año como la del Hombre de las ratas y también de varios años como la del Hombre de los lobos. Después, la distancia y la diversificación no han cesado de aumentar. Además, la aplicación del psicoanálisis más allá de la consulta privada, en los dispositivos de atención, ha contribuido a la variedad en la duración de la cura psicoanalítica. La variedad de casos clínicos y de edades en las que el psicoanálisis ha sido aplicado permite considerar que ahora, en el mejor de los casos, la duración de la cura se define "a medida". Una cura se prolonga hasta que el analizante esté lo suficientemente satisfecho de la experiencia que ha hecho como para dejar al analista. Lo que se persigue no es la aplicación de una norma sino al acuerdo del sujeto consigo mismo.

Séptimo principio: El psicoanálisis no puede determinar su objetivo y su fin en términos de adaptación de la singularidad del sujeto a normas, a reglas, a determinaciones estandarizadas de la realidad. El descubrimiento del psicoanálisis es, en primer lugar, el de la impotencia del sujeto para llegar a la plena satisfacción sexual. Esta impotencia es designada con el término de castración. Más allá de esto, el psicoanálisis con Lacan, formula la imposibilidad de que exista una norma de la relación entre los sexos. Si no hay satisfacción plena y si no existe una norma, le queda a cada uno inventar una solución particular que se apoya en su síntoma. La solución de cada uno puede ser más o menos típica, puede estar más o menos sostenida en la tradición y en las reglas comunes. Sin embargo, puede también remitir a la ruptura o a una cierta clandestinidad. Todo esto no quita que, en el fondo, la relación entre los sexos no tiene una solución que pueda ser "para todos". En ese sentido, está marcada por el sello de lo incurable, y siempre se mostrará defectuosa. El sexo, en el ser hablante, remite al "no todo".

Octavo principio: La formación del psicoanalista no puede reducirse a las normas de formación de la universidad o a las de la evaluación de lo adquirido por la práctica. La formación analítica, desde que fue establecida como discurso, reposa en un trípode: seminarios de formación teórica (para-universitarios), la prosecución por el candidato psicoanalista de un psicoanálisis hasta el final (de ahí los efectos de formación), la transmisión pragmática de la práctica en las supervisiones (conversaciones entre pares sobre la práctica) Durante un tiempo, Freud creyó que era posible determinar una identidad del psicoanalista. El éxito mismo del psicoanálisis, su internacionalización, las múltiples generaciones que se han ido sucediendo desde hace un siglo, han mostrado que esa definición de una identidad del psicoanalista era una ilusión. La definición del psicoanalista incluye la variación de esta identidad. La definición es la variación misma. La definición del psicoanalista no es un ideal, incluye la historia misma del psicoanálisis y de lo que se ha llamado psicoanalista en distintos contextos de discurso.

La nominación del psicoanalista incluye componentes contradictorios. Hace falta una formación académica, universitaria o equivalente, que conlleva el cotejo general de los grados. Hace falta una experiencia clínica que se trasmite en su particularidad bajo el control de los pares. Hace falta la experiencia radicalmente singular de la cura. Los niveles de lo general, de lo particular y de lo singular son heterogéneos. La historia del movimiento psicoanalítico es la de las discordias y la de las interpretaciones de esa heterogeneidad. Forma parte, ella también, de la gran Conversación del psicoanálisis, que permite decir quién es psicoanalista. Este decir se efectúa en procedimientos que tienen lugar en esas comunidades que son las instituciones analíticas. El psicoanalista nunca está solo, sino que depende, como en el chiste, de un Otro que le reconozca. Este Otro no puede reducirse a un Otro normativizado, autoritario, reglamentario, estandarizado. El psicoanalista es aquel que afirma haber obtenido de la experiencia aquello que podía esperar de ella y, por lo tanto, afirma haber franqueado un "pase", como lo nombró Lacan. El “pase” testimonia del franqueamiento de sus impases. La interlocución con la cual quiere obtener el acuerdo sobre ese atravesamiento, se hace en dispositivos institucionales. Más profundamente, ella se inscribe en la gran Conversación del psicoanálisis con la civilización. El psicoanalista no es autista. El psicoanalista no cesa de dirigirse al interlocutor benevolente, a la opinión ilustrada, a la que anhela conmover y tocar en favor de la causa analítica.

Traducción: Carmen Cuñat



 

HACIA PIPOL 4

Jacques-Alain Miller

 

 

Casi finalizando PIPOL 3, la mirada se vuelve ya hacia PIPOL 4. *
PIPOL 3 ha dejado constancia de una epidemia que ha ganado y gana todos los días en el Campo freudiano, haciendo vibrar a toda su comunidad europea.
 
Entusiasmo inopinado
Hace cuatro años se abría en París, financiada por la Escuela de la Causa freudiana, el Centro Psicoanalítico de Consultas y Tratamiento de la calle Chabrol, el  CPCT. Si hoy día existen una decena de CPCT en Francia, varios en España, dos en Italia, uno en Bruxelas, muchos en formación, si medio centenar de instituciones se han adherido a RIPA, nuestra Red de Instituciones de Psicoanálisis Aplicado, si todo ese pequeño mundo está en plena actividad, en pleno crecimiento, no es debido a una directriz, a una exhortación. A decir verdad, hace cuatro años, el CPCT de París parecía prometido a ser una iniciativa experimental que permanecería ciertamente solitaria, hasta que sus lecciones fuesen sabiamente extraídas por comités científicos.
Un entusiasmo inopinado ha barrido todo eso. Las masas del Campo freudiano se han apoderado de la idea y la han transformado en fuerza material, han salvado todos los obstáculos, actualizando yacimientos insospechados de buena voluntad, de disponibilidad, de tiempo liberado, revelando vocaciones, como si cada uno se hubiera dicho: ¡por fin estamos ahí! Como si por fin volviéramos al porvenir. Como si, a través nuestro, el psicoanálisis estableciera una nueva alianza con el tiempo presente.
 
Nuevo paradigma
Nos vemos arrastrados por ese gran movimiento que, al mismo tiempo, nos hace falta elucidar aunque sólo sea para saber cuál es el siguiente paso a dar en el camino de PIPOL.
Para justificar ante nuestros propios ojos la novación que introducía el CPCT, para poner nuestros papeles psicoanalíticos en orden, hemos tenido que recurrir a una antigua distinción: psicoanálisis puro y psicoanálisis aplicado. ¡Muy bien! Es lo clásico.
Es absolutamente exacto que dejamos intacto el psicoanálisis puro, las mismas exigencias siguen imponiéndose en la formación de los analistas, el pase continúa siendo el nombre con el que pensamos el término verdadero de un análisis y con el que practicamos su verificación.
La novación de la que se trata se ha producido a nivel del psicoanálisis aplicado a la terapéutica. Para nosotros era más tranquilizador pensar así. Hemos introducido allí un cambio de paradigma, hemos tocado la duración y el pago, parámetros constantes hasta ahora: la duración limitada y programada, el pago suprimido. ¡Atención! suprimido para el paciente pero también, al menos hasta ahora, para el practicante.
Por supuesto que la terapia breve ya había sido practicada y teorizada en psicoanálisis --pensemos por ejemplo en uno de nuestros antepasados, Franz Alexander—y también el tratamiento gratuito --recordemos el dispensario de Berlín en los tiempos de Wilhelm Reich-- pero, al menos por lo que conozco, esto no ha sido nunca practicado a esta escala, ni con la elaboración clínica ad hoc que, entre nosotros, le acompaña desde ahora.
 
Lugar Alfa
Esto hubiera sido imposible si nuestra referencia se hubiera mantenido en el fosilizado concepto del encuadre, que se confunde con la consulta del practicante que ejerce como profesión liberal. Los efectos psicoanalíticos no dependen del encuadre sino del discurso, es decir de la instalación de coordenadas simbólicas por parte de alguien que es analista, y cuya cualidad de analista no depende del emplazamiento de la consulta, ni de la naturaleza de la clientela, sino más bien de la experiencia en la que él se ha comprometido.
Son los conceptos lacanianos del acto analítico, del discurso analítico y de la conclusión del análisis como pase a analista, los que nos han permitido concebir al psicoanalista como objeto nómada y al psicoanálisis como una instalación móvil, susceptible de desplazarse a nuevos contextos, particularmente a instituciones. Los relatos de los casos muestran, demuestran y ponen en evidencia, que efectos psicoanalíticos propiamente dichos se producen en el marco institucional, por poco que ese contexto autorice la instalación de un lugar analítico. Hay un lugar analítico posible en la institución, digamos que un Lugar Alfa.
 
Un Lugar Alfa no es un lugar de escucha. Hoy día, un lugar de escucha es un sitio en el que un sujeto es invitado a desahogarse sin medida. Se dice que la puesta en palabras alivia. Un Lugar Alfa es un lugar de respuesta, un lugar en el que el parloteo toma forma de pregunta y la pregunta misma gira hacia la respuesta. No hay Lugar Alfa sino a condición de que, por la operación del analista, el parloteo se revele como conteniendo un tesoro, el tesoro de un sentido otro que valga como respuesta, es decir como saber llamado inconsciente. Esa mutación del parloteo se sostiene de lo que llamamos la transferencia, que permite al acontecimiento interpretativo tener lugar, acontecimiento interpretativo que supone un antes y un después, como decimos clásicamente.
Para que haya Lugar Alfa es necesario y suficiente que se instale el lazo por el que “el emisor recibe del receptor su propio mensaje bajo una forma invertida” (1), encontrándose el sujeto desde entonces conectado con el saber supuesto del que ignoraba él mismo ser la sede.
 
Conexión, reconexión
La emergencia de un instante de saber tal pide ser severamente controlado porque es una chispa que puede meter fuego a toda la pradera, quiero decir que puede iluminar en un sujeto el incendio de un delirio interpretativo generalizado. Se impone una selección drástica de los operadores en el Lugar Alfa, a fin de asegurar que son capaces de una distribución ponderada de los efectos psicoanalíticos, dosificados según las capacidades de un sujeto para soportarlas. Igualmente, los operadores en el Lugar Alfa no pueden dispensarse de practicar el arte del diagnóstico rápido. Regularmente, en los CPCT, esa tarea es confiada a los practicantes confirmados y aguerridos que tienen que formular una prescripción detallada.
Se percibe por eso mismo lo que ha podido cautivar tanto en la práctica de los efectos terapéuticos rápidos: el alto grado de maestría clínica que requiere, la movilización inmediata del saber acumulado previamente tanto en el estudio de los textos como en la experiencia efectiva, la evaluación instantánea y la asunción razonada del riesgo clínico. Se ha podido así constatar que una conexión, incluso fugaz, con el saber supuesto que, por hipótesis llamamos inconsciente, se traduce por una conexión con lo que se llama tradicionalmente el discurso del Otro.
Tomo mis distancias, nuestras distancias, con esta formulación. “El gran Otro”, esa manera de llamarlo, es una aproximación porque no se trata de una instancia unificada, ni de un monolito. Por eso no veo objeción en hablar de una reconexión con la realidad social.
 
Operación verdad
¿Qué es lo social? –que hemos hecho figurar en el título de PIPOL 3.
Es, de entrada, un término que vale para todo, eminentemente cómodo y que hace interfaz entre el lenguaje de las autoridades políticas y administrativas y el nuestro, al precio seguro de un equívoco. El secreto, el nuestro, es que no distinguimos entre la realidad psíquica y la realidad social. La realidad psíquica es la realidad social.
En la muy última enseñanza de Lacan se encuentra esta provocativa proposición: “La neurosis depende de las relaciones sociales”. (2) Para suprimir el aspecto de paradoja en lo que acabo de avanzar, es suficiente con recordar que en el fundamento de la realidad social está el lenguaje. Entendamos por ello la estructura que emerge de la lengua que se habla bajo el efecto de la rutina del lazo social. Es la rutina social la que hace que el significado pueda atesorar sentido, ese sentido que está dado por el sentimiento de cada uno de “formar parte de su mundo, es decir, de su pequeña familia y de todo lo que gira alrededor” (3).
Los psicoanalistas que ejercen en los Lugares Alfa están a buen seguro en contacto directo con lo social, encarnan como tales lo social y restituyen el lazo social para los sujetos que acogen. Es lo que justifica el título de PIPOL 3. Por el contrario, los sujetos que acogen no están precisamente en contacto directo con lo social, sino más bien en situación de “exclusión”. ¿No sería conveniente ahora tematizar la situación de exclusión social?
Para los psicoanalistas que ejercen en los Lugares Alfa, en los CPCT, en las instituciones RIPA, es comprensible el entusiasmo que puede visitarles al ver limpias las mediaciones que velan ordinariamente la posición del analista y que velan al propio analista que él está en contacto directo con lo social. Un analista no puede funcionar más que si está en contacto directo con lo social, aunque en su consultorio pueda desconocerlo y alimentar las dulces ensoñaciones –Schwarmerei—de su extraterritorialidad.
Se cita a menudo esa palabra de la boca de Lacan como si él la hubiera elogiado cuando, por supuesto, se trata de una ironía. Cuando el Lugar Alfa emigra del consultorio hacia la institución, la verdad que se desnuda es la de la sociabilidad estructural de la posición y del acto analítico. Llegaré incluso hasta decir que el éxito de los CPCT y por extensión el de las instituciones del RIPA, es el éxito de esta “operación verdad”. Justamente ahí se fundamenta lo que he escuchado en estos días con el “Por fin estamos ahí”.
 
Una base psicoanalítica del síntoma
Cuando se habla de psicoanálisis puro y de psicoanálisis aplicado, se entiende que los resultados del primero son invertidos en el segundo. Es exacto, y de entrada es el caso del propio practicante, en tanto es el resultado de su propio análisis, un análisis que no es ni breve, ni programado, ni gratuito. Pero no descuidemos que hay un efecto de retorno. El psicoanálisis aplicado, el que practicamos, tiene una incidencia, que irá creciendo, sobre el psicoanálisis puro.
Se nota ya en la clínica de la psicosis ordinaria, sin desencadenamiento, en la que los efectos de la forclusión, delirios y alucinaciones, no son espectaculares y se traducen por signos más discretos, fenómenos elementales a veces ínfimos, desconexiones sucesivas con la familia y el entorno, con las relaciones sociales, con el mundo.
El psicoanálisis aplicado también tendrá consecuencias sobre la teoría de la cura. La programación de los tratamientos breves hace que el practicante esté más atento a la experiencia de cada sesión tomada de una en una, mientras que el Durcharbeitung de la experiencia pura -- la transelaboración, como se le suele traducir--, el tiempo para comprender prolongado que impone el análisis puro tiene como efecto natural desgastar ese detalle o bien hacerlo imperceptible para el practicante. Lo que merece ser llamado a veces como micro-curas, llevadas a cabo en los Lugares Alfa, tendrá como efecto aguzar  la vigilancia de los analistas en la dirección de la cura analítica propiamente dicha.
En tercer lugar, les recuerdo que un cierto número de nuestros Lugares Alfa institucionales están ahora subvencionados por administraciones y lo serán más en el futuro. Por eso se les impone la natural exigencia de rendir cuentas a los poderes públicos. Estos quieren cifras y números, lo cuantitativo. Quieren hacer pasar los resultados a la estadística, a las máquinas de clasificación, a los ordenadores. Ya nos están ofreciendo los servicios de sus ingenieros.
Se puede mantener que operamos con el saber supuesto y que el saber expuesto desnaturaliza nuestra operación. Se puede decir, suspirando, que es fastidioso rellenar las fichas que nos piden. Propongo tomar las cosas de otro modo: como la ocasión de hacer pasar nuestra clínica, sus diagnósticos y sus descubrimientos al circuito de la comunicación común, lo que para comenzar quiere decir hacerla pasar al registro de la transmisión integral, a lo que Lacan ha llamado el matema.
El matema no es sólo el uso de S/, de a, de S1, de S2 y de lo que sigue después. La exigencia de los poderes públicos debe ser nuestra ocasión de formalizar nuestra clínica y, por qué no, de rivalizar con el DMS. ¿Por qué no crear la BPS? ¿Quién puede dudar de que la constitución de una "base psicoanalítica del síntoma" susceptible de cuantificación tendría los más felices efectos sobre la cualidad de la transmisión clínica, incluso sobre la más matizada? ¿Soy el único que desea un armazón matemático más consistente que aquel del que disponemos? No lo creo.
 
Desinserción
Se impone lógicamente el paso siguiente que hay que dar en la serie de los encuentros PIPOL. Conviene pasar al estudio temático, diferencial, gradual, de las situaciones subjetivas de exclusión social. La marginación social tiene un nombre común en el lenguaje administrativo contemporáneo: la desinserción. Ese término ha sigo elegido como título del proyecto de investigación RIPA a nivel europeo (4). Contemplo PIPOL 4 como una escansión en esa investigación. De ahí el título que propongo: "Clínica y pragmática de la desinserción en psicoanálisis".
Digo clínica porque es evidente que tenemos cosas que decir y que ordenar en lo que concierne a los fundamentos psicoanalíticos de la desinserción, y también porque así podremos invertir nuestros resultados en lo que concierne a la psicosis ordinaria, y en particular lo que gira en torno a lo que Hugo Freda ha podido llamar "precariedad simbólica". No hay duda de que podremos aportar algo nuevo --sobre el fracaso escolar, por ejemplo, porque el significante-amo nos abre perspectivas, que pueden ser comunicadas, sobre la autoridad y sobre S2, el saber. Digo pragmática, mejor que tratamiento o cura, porque ahí estamos en el orden del saber-hacer-con, del "arreglárselas con".
El gran movimiento que nos arrastra hace ver que el psicoanálisis se ha mostrado y se muestra todavía en retraso con respecto a sí mismo. El mismo cuya práctica implica la sacudida de todos los semblantes, el mismo que pone en marcha un potente principio, casi socrático, de ironía, es el mismo que se queda a menudo atado a creencias obsoletas, refugiado en una extraterritorialidad imaginaria. Es el mismo que ya no se reconoce en un universo contemporáneo que ha contribuido, más que otros, a hacer emerger y, entre los menos simpáticos o los más ignorantes, es el mismo que llora por el Nombre-del-Padre mientras sueña con restablecer su reino. Es la nostalgia por el momento freudiano del psicoanálisis, el momento de la queja por el derecho a gozar, cuando aún reinaba un orden social autoritario, jerárquico, reglamentario, incluso disciplinario y en el que el psicoanálisis estaba en una situación alveolar.
Era la época en la que la inserción social se hacía primordialmente por identificación simbólica. Un psicoanálisis podía entonces preconizar la liberación del deseo, la salud por la pulsión. Ahora estamos en la época en la que el Otro ya no existe. En el “cenit social” está el objeto a, que lo ha reemplazado. La inserción se hace menos por identificación que por consumición. El sueño ya no es la liberación sino la satisfacción. Y la realidad social se revela dominada por la falta-en-el-gozar. De donde la moda de las adicciones, que no es simplemente una moda de las prácticas: todo deviene adicción en el comportamiento social, todo adquiere un estilo adictivo.
Hay que reconocer en las adicciones, y también en el consumo frenético de los plus-de-goce que la tecnología multiplica y coloca en el mercado a un ritmo cada vez más rápido, un desesperado esfuerzo por suplir un defecto de satisfacción que es de estructura.
 
Momento pragmático
Esta es la clave del choque de las civilizaciones. Lo que así se llama es, esencialmente, la oposición, la incompatibilidad de la civilización religiosa y de la civilización mercantil, de la civilización dominada por el ideal del yo y de la que domina, para hablar con propiedad, un superyo cuyo imperativo se formula como se goza, de la civilización del respeto y de la nuestra, la de la glotonería. La civilización mercantil estigmatiza como fanática la del ideal del yo y a ella misma se la estigmatiza como perversión, corrupción, derroche, el orgullo del goce (5). Entre los dos está ese mito enigmático, la China de hoy día, en la que se observa a la vez un control autoritario del ideal y una extraordinaria desinhibición del consumo.
¿Por qué psicoanalistas en estos tiempos de malestar? Para compartir el malestar no es. El buen humor que ha reinado durante estas Jornadas atestigua que no es nuestro estilo. No ser incautos acerca de la satisfacción ilusoria de los plus-de-goce, no supone sin embargo acampar en el rechazo del alma bella y anatemizar la realidad social contemporánea. La misión que tenemos en este mundo es la de reconocer y elucidar la diversidad humana, la diversidad de los modos-de-goce de la especie. Eso supone restablecer el espíritu del psicoanálisis en sus comienzos, cuando los psicoanalistas aún sabían sacrificar al psicoanálisis los semblantes de la respetabilidad. El psicoanálisis sabía entonces que, para ser completamente riguroso, le hacía falta ser un poco extravagante.
He hablado del momento freudiano que está detrás de nosotros. El momento lacaniano no lo está menos ya que fue a la vez, en una barroca conjugación, existencialista y estructuralista, es decir, cientificista. El propio Lacan dejó ese momento detrás suyo y esbozó para nosotros la configuración del momento contemporáneo, que es pragmático. Sí, somos pragmáticos, como todo el mundo hoy, aunque un poco aparte sin embargo --pragmáticos paradojales que no tienen el culto del eso marcha. El eso marcha no marcha nunca. Nuestro buen humor viene sin duda de que nosotros sabemos que eso fracasa y de que creemos fracasar de la buena manera. Estemos persuadidos de que se tiene necesidad de nosotros.
 
Traducción: Jesús Ambel
 
NOTAS
 
(*) Transcripción de Catherine Bonningue de la intervención de J-A Miller en las Jornadas PIPOL 3, celebradas en París, los días 31 de junio y 1 de julio de 2007, sobre el tema “Psicoanalistas en contacto directo con lo social”. Releída por Jacques-Alain Miller.
(1) Lacan J., “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis” (1953), en Escritos I, Madrid, Siglo XXI, 1990, p. 287
(2) Lacan, J., “El Seminario, Hacia un significante nuevo, lección del 17 de mayo de 1977”, en Colofón, nº 25, revista del la Federación Internacional de Bibliotecas del Campo freudiano, “Psicoanálisis y poesía”, Granada, enero de 2005, p. 39
(3) Lacan J., El Seminario. Libro XX, Aún (1972-1973), Buenos Aires, 1989, p. 55
(4) Ese tema ha sido elegido en el transcurso de la reunión de RIPA celebrada el 30 de junio, y debe ser llevado a cabo por un nuevo comité animado por Hugo Freda, así como las investigaciones sobre el ordenador clínico de nuestras instituciones que serán reunidas por una comisión dirigida por Jean-Daniel Matet
(5) Alusión al “Orgullo Gay” que se desarrolló el día anterior, 30 de junio 2007.